Diez años habían transcurrido desde aquella noche inolvidable en que Luna emitió su primer aullido bajo la luna llena. El reino había florecido en una era de verdadera unidad: las fronteras se fortalecieron con tratados de paz duraderos, las manadas que antes se miraban con recelo ahora compartían cacerías y consejos, y el Palacio de las Sombras Eternas se había convertido en un símbolo vivo de esperanza. Altea, con su sabiduría eterna y sus manos expertas en hierbas, seguía viva y activa a sus avanzados años; pasaba las mañanas enseñando a los cachorros jóvenes las artes curativas y las tardes contando historias junto al fuego a Luna, quien la adoraba como a una segunda abuela.
Luna, a sus diez años, ya era una presencia imposible de ignorar. Su cabello negro caía en ondas como el de su padre, su piel tenía el tono cálido de su madre, pero lo que más llamaba la atención eran sus ojos: un zafiro profundo y brillante, idénticos a los de Isis. Cuando se enfadaba o se concentraba, aquell