La noche cayó sobre las montañas como un manto pesado de hielo y silencio. El grupo acampó en una cueva poco profunda, lo suficientemente amplia para que los caballos descansaran al fondo y el fuego crepitara sin peligro de humo acumulado. Las llamas proyectaban sombras alargadas en las paredes húmedas, y el viento ululaba en la entrada como un lamento lejano. Sech alimentaba el fuego con ramas secas mientras Elena preparaba una infusión caliente con las hierbas que llevaba en su bolsa. Luna estaba sentada entre los dos, envuelta en su capa, mirando las llamas con ojos zafiro que reflejaban el resplandor anaranjado.
Elena le entregó una taza humeante.
—Toma, pequeña —dijo con voz cálida—. Bebe despacio. Calienta las manos y el estómago. El frío del norte entra en los huesos si uno no se cuida.
Luna tomó la taza con ambas manos y sopló suavemente antes de dar un sorbo. El aroma a menta y raíz de luna le llenó los pulmones.
—Gracias, abuela —respondió—. Está rico. Me recuerda al té que