La noche cayó sobre las montañas como un manto pesado de hielo y silencio. El grupo acampó en una cueva poco profunda, lo suficientemente amplia para que los caballos descansaran al fondo y el fuego crepitara sin peligro de humo acumulado. Las llamas proyectaban sombras alargadas en las paredes húmedas, y el viento ululaba en la entrada como un lamento lejano. Sech alimentaba el fuego con ramas secas mientras Elena preparaba una infusión caliente con las hierbas que llevaba en su bolsa. Luna es