Pasaron tres semanas desde que Lira cruzó el umbral del palacio. Al principio, sus pasos eran silenciosos, sus ojos rojos evitaban cualquier mirada directa. Dormía en una habitación pequeña cerca de los jardines, comía sola en horarios distintos y pasaba las tardes sentada en un banco bajo un sauce, mirando el agua del estanque sin hablar. Pero poco a poco, Luna comenzó a romper esa barrera invisible. Le llevaba flores azules que encontraba en los senderos, le preguntaba por las estrellas del n