Pasaron tres semanas desde que Lira cruzó el umbral del palacio. Al principio, sus pasos eran silenciosos, sus ojos rojos evitaban cualquier mirada directa. Dormía en una habitación pequeña cerca de los jardines, comía sola en horarios distintos y pasaba las tardes sentada en un banco bajo un sauce, mirando el agua del estanque sin hablar. Pero poco a poco, Luna comenzó a romper esa barrera invisible. Le llevaba flores azules que encontraba en los senderos, le preguntaba por las estrellas del norte, le enseñaba a trenzar coronas de hierbas. Y Lira, aunque al principio respondía con monosílabos, empezó a contestar. Primero con frases cortas. Luego con historias. Historias de una infancia dura en las montañas heladas, de una hermana mayor que la protegió hasta que el fanatismo la consumió.
Una mañana de finales de otoño, cuando las hojas caían como lluvia dorada, Luna entró corriendo al salón del trono con un pergamino arrugado en la mano. Su rostro estaba pálido, los ojos zafiro abiert