La luna llena se alzaba enorme sobre el Pico Negro, bañando las cuevas en un resplandor plateado que parecía frío y acusador. El grupo había llegado al anochecer: Sech al frente, espada envainada pero lista; Elena a su derecha, con la daga ceremonial en la mano; Luna entre ellos, con la capa oscura y los ojos zafiro brillando con una mezcla de miedo y resolución; Lira cerraba la marcha, su pelaje blanco casi invisible contra la nieve, pero su presencia más pesada que nunca.
Habían dejado los ca