El sol de la mañana se filtraba por las persianas, pero para Elyna no había luz. El café se había enfriado sobre la mesa mientras ella escuchaba, con el corazón en un puño, las palabras del licenciado Montenegro, uno de los abogados más respetados y, por desgracia, más realistas de la ciudad.
—Elyna, necesito que me escuches con la cabeza fría —dijo el abogado, ajustándose las gafas con una expresión de profunda lástima—. El marco legal es un campo de minas para nosotros. El niño, Elías, no llev