—¡Vamos al hospital! —gritó Juliano con la voz quebrada por la desesperación—. Tengo que estar ahí, madre… porque… ¡yo también la amo! Me enamoré de Alegra.
Elyna lo miró con ternura, y salió con él.
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Lejos de ahí, en la soledad de su departamento, Verónica intentaba mantenerse en pie.
El cansancio físico era casi secundario frente al peso emocional que cargaba.
Su corazón, herido y vulnerable, parecía latir en un compás propio, lento y doloroso.
El embarazo, que debía haber sido motivo de ale