—Ahora no verá a su padre, Luisa —sentenció Elyna, su voz era un látigo de seda, firme pero calmada—. Vete de mi casa. Mañana, a primera hora, yo misma lo llevaré al hospital. Tienes mi palabra.
Luisa la miró con un odio visceral.
Sus ojos, cargados de arrugas y resentimiento.
Sin embargo, la anciana no era tonta; sabía que, si iniciaba una batalla física en ese preciso momento, los guardias de Julián la aplastarían.
—Cumple tu palabra, Elyna —escupió Luisa, ajustándose el abrigo con manos tembl