El aire en la mansión Senegal seguía vibrando con la violencia del encuentro.
Kelly, con el rostro desfigurado por el golpe y el orgullo herido, chillaba como un animal acorralado.
Sus gritos, agudos y cargados de una arrogancia que se desmoronaba, rebotaban en las paredes de mármol que alguna vez creyó dominar.
—¡Suéltenme! ¡¿Saben quién soy?! —gritaba mientras los hombres de Julián, con rostros de piedra, la sujetaban de los brazos para sacarla de la propiedad—. ¡Soy la señora de esta casa! ¡S