—¡Ahhh! —el grito de Kelly no fue un sonido humano; fue un alarido de puro terror que rasgó el silencio aséptico de la unidad de cuidados intensivos.
Cayó hacia atrás, sus tacones de diseñador resbalando en el suelo pulido, mientras sus manos buscaban frenéticamente un apoyo que no existía.
Su corazón martilleaba contra sus costillas como un animal enjaulado.
Lo que acababa de ver era imposible. Aquellos ojos, que ella juraba que jamás volverían a ver la luz, estaban abiertos de par en par, fij