Cuando Julián regresó encontró el rostro sereno de Elyna. Dormía con una calma, una que él no podía tener.
Se recostó a su lado con extrema cautela, temiendo que su propia agitación pudiera despertarla.
Julián se sentía derrotado, una sensación que su orgullo de hombre poderoso no solía permitirle.
El miedo, ese frío que le recorría la columna, no era por él, sino por la paz que tanto le había costado construir junto a ella.
Ese hombre, Bernardo Greco ese fantasma que creían muerto, aún no lo es