Los días en el búnker adquirieron una rutina surrealista. Clara se despertaba en la suite de seda, desayunaba sola frente a una pantalla que mostraba el menú del día y el estado de los pacientes ingresados, y luego se sumergía en la sala médica. No eran los turnos caóticos del HUSA, con sus urgencias impredecibles y el zumbido constante de voces. Aquí el silencio solo era roto por el zumbido de los ventiladores, el pitido de los monitores y sus propias órdenes, pronunciadas en voz baja a los té