La noche había pasado sin que el sueño me visitara. Yacía de espaldas, mirando cómo los primeros rayos del amanecer teñían el techo de tonos grisáceos. La mano de Félix aún sostenía la mía, un puño cerrado incluso en el descanso, como si temiera que me fuera a escapar. Con cuidado extremo, me liberé de su agarre. Su respiración no se alteró. El Don, por una vez, no estaba alerta.
Me levanté en silencio y me vestí con ropa sencilla: jeans, una camiseta, zapatillas. No era el atuendo de la sumisa