La puerta no estaba trancada, pero podría haberlo estado. Su peso simbólico era más que suficiente para encerrarme. El silencio en la habitación era absoluto, roto solo por el latido acelerado de mi propio corazón. Me dejé caer en el borde de la cama, las manos temblorosas, la respiración entrecortada.
¿En qué había pensado? ¿Creí realmente que podría jugar a ser la detective y la amante del capo sin enfrentar las consecuencias? Félix no era uno de los cirujanos condescendientes del hospital co