La sonrisa de la Sombra, congelada en el monitor, era una cicatriz blanca en la pixelada oscuridad. No era un gesto de triunfo, sino de posesión. Como si nosotros, Félix y yo, atrapados en esa sala de control, fuéramos parte de su colección. Y Amanda… Amanda era solo el último y más doloroso espécimen.
El aire se me escapó de los pulmones. ¿Cómo había llegado hasta aquí? La había dejado a salvo, en la mansión. ¿La habían encontrado? ¿O había salido por su cuenta, buscándome, cayendo justo en la