El guardia temblaba contra la pared, su brazo colgando en un ángulo antinatural. El olor a miedo y sudor frío emanaba de él. Félix lo tenía inmovilizado sin siquiera tocarlo, solo con la amenaza de su presencia y la promesa de más dolor.
—Nombre —exigió Félix, su voz un susurro de hielo.
—M-Miguel —tartamudeó el hombre, los ojos desencajados.
—Bien, Miguel. Escúchame con atención. Tu jefe nos va a subastar como ganado. Después, hará limpieza. Empezando por los testigos incómodos. Como tú.
Migue