El almacén principal era un infierno de luces crudas y ecos distorsionados. Donde antes había habido silencio y óxido, ahora resonaban las voces de una veintena de hombres—y unas pocas mujeres—vestidos con trajes caros y sonrisas predadoras. Olía a puro caro, perfume amaderado y una excitación sórdida y contenida. Los postores.
John estaba en una plataforma elevada, junto a una pantalla gigante que mostraba un logotipo estilizado de su organización. Parecía un presentador de televisión enloquec