Las dos palabras en la pantalla del teléfono de Félix eran un puñal de hielo clavado directamente en mi corazón. «Demasiado tarde.» El mundo fuera de la ventana del coche se desdibujó, convertido en una mancha de luces y sombras sin sentido.
—¡Más rápido! —rugió Félix, su voz áspera, rompiendo el hechizo de horror que me paralizaba.
Rojas apretó el acelerador a fondo, el motor del coche eléctrico zumbando con una intensidad apenas audible pero letal. Las calles se convirtieron en un túnel hacia