La daga pesaba en mi mano, un contrapunto frío y mortífero al calor que aún me recorría la piel tras el encuentro con Félix. La nota era una declaración de principios, una invitación a un baile mucho más peligroso que el de la gala. No era la sumisa que aceptaba un collar. Era la aliada a la que se le entregaba un arma.
Escondí la daga dentro de un calcetín grueso, en el fondo de un cajón. No por miedo a que me la quitaran, sino porque su presencia era un secreto íntimo, un recordatorio tangibl