El amanecer grisáceo no trajo consigo la claridad, sino una niebla espesa de introspección. Las palabras de Félix resonaban en el silencio de mi suite como un mantra peligroso. "La venganza." No era una promesa, era un hecho. Un camino ya trazado del que yo, ahora, era una parte fundamental.
Me vestí con ropa práctica que Elisa había dejado discretamente en el armario: pantalones de lino suaves y un jersey holgado. Eran prendas caras, cómodas, que se ajustaban a mi cuerpo como un disfraz nuevo.