El silencio dentro del coche era tan denso como la noche que nos envolvía. Podía sentir el peso de la mirada de Félix sobre mí, incluso mientras él parecía absorto en el paisaje urbano que desfilaba tras el cristal. El collar aún me mordía la palma de la mano, un recordatorio frío y punzante de la farsa que acababa de interpretar.
No me atrevía a soltarlo. El dolor era ancla. Era real.
Cuando el vehículo se detuvo frente a la mansión, Félix salió primero y me tendió la mano para ayudarme a baja