La hora que pasó antes de que trajeran al paciente del astillero fue un purgatorio de culpa autoinfligida. Cada palabra de la carta a Amanda resonaba en mi cabeza, un eco venenoso de mi traición. ¿La creería? ¿O detectaría la sombra de la coerción entre las líneas, el tono forzado de mi prosa? La idea de que pudiera seguir buscando, desafiando involuntariamente a la bestia que yo acababa de intentar apaciguar, me helaba la sangre.
Me encerré en la suite médica, preparando el equipo con una meti