El escalpelo pesaba una tonelada en mi mano. El filo de acero, que debería haber sido una extensión familiar de mi voluntad, ahora parecía una herramienta de condena. El frío del metal se transmitía a través del guante, un recordatorio glacial de la línea que estaba a punto de cruzar.
El guardia-enfermero observaba, impasible, sus ojos evaluando cada uno de mis temblores. El sonido rítmico del respirador marcaba el tiempo que se agotaba. El joven sicario yacía vulnerable, su vida literalmente e