La orden de Félix resonó en el centro de mando con la frialdad de una sentencia. "No lo intercepten. Déjenlo ir. Y síganlo hasta donde crea que está a salvo."
En el Jardín Botánico, la coreografía de la cacería cambió de inmediato. Clara, recibiendo la señal a través de un discreto auricular, continuó su paseo, pero ahora su rumbo la alejaba lentamente del hombre que había sido identificado. Su papel como cebo principal había concluido. Había cumplido su función a la perfección.
Marcos, desde su posición entre los frondosos helechos gigantes que bordeaban el sendero principal, observó al objetivo. Era un hombre de contextura media, ropa común, con una gorra que ocultaba parcialmente su rostro. Parecía un turista o un visitante cualquiera, pero sus movimientos tenían una economía y una conciencia del entorno que delataban un entrenamiento. Tras acercarse peligrosamente a Clara, ahora se retiraba con la misma naturalidad con la que había llegado, mezclándose con un pequeño grupo de jubi