El caos en el muelle era un organismo vivo que respiraba con sirenas ahogadas, órdenes gritadas y el constante runrún de los motores de las lanchas. Bajo los hirientes focos halógenos, la escena en la embarcación de Rojas era un cuadro de tensión congelada. Clara, arrodillada en la fría cubierta metálica, era el centro quieto del huracán. Sus manos, entumecidas por el agua gélida, no cesaban su ritmo vital. Compresión, compresión, compresión. Cinco centímetros de profundidad en el pequeño pecho