El caos en el muelle era un organismo vivo que respiraba con sirenas ahogadas, órdenes gritadas y el constante runrún de los motores de las lanchas. Bajo los hirientes focos halógenos, la escena en la embarcación de Rojas era un cuadro de tensión congelada. Clara, arrodillada en la fría cubierta metálica, era el centro quieto del huracán. Sus manos, entumecidas por el agua gélida, no cesaban su ritmo vital. Compresión, compresión, compresión. Cinco centímetros de profundidad en el pequeño pecho de Lucas. Insuflar. Repetir.
"Vuelve," susurraba, una letanía dirigida a los oídos sordos de su hijo, a cualquier dios que pudiera estar escuchando. "Vuelve a mí, Lucas."
Félix, arrodillado a su lado, era una estatua de agonía. La ropa empapada se le pegaba al cuerpo, goteando charcos a sus pies. No sentía el frío, solo el vacío desgarrador que se abría en su pecho con cada compresión que Clara aplicaba sobre su hijo. Sus ojos, clavados en el rostro céreo de Lucas, no parpadeaban. El mundo se h