El viaje de regreso a la clínica fue un silencio cargado de espectros. Dentro de la furgoneta medicalizada, Lucas dormía un sueño agitado y medicado, sus pulmones libres de agua pero su pequeño espíritu marcado por un terror que ninguno podía comprender del todo. Clara no se separaba de él, sus dedos entrelazados con los suyos, monitoreando cada respiración con la intensidad de un halcón. Cada jadeo, cada temblor, le recordaba el sonido sordo de su cuerpo al golpear el agua negra.
Félix, sentado frente a ellos, estaba seco y con ropa limpia, pero la humedad del río parecía haberse filtrado en sus huesos. No miraba a Lucas, no directamente. Su mirada estaba fija en la ventana polarizada, viendo pasar las luces de la ciudad como manchas sin sentido. En su mente, sin embargo, no veía la ciudad. Veía la cabeza de Alba estallando en una nube de sangre y cerebro bajo la luz de la luna. Oía el click fantasma del silenciador. Y sobre todo, veía el pequeño transmisor, ese oído electrónico que