La noche había engullido la ciudad, y una niebla baja, húmeda y gélida, se aferraba a la superficie del río como un sudario. Los muelles antiguos, con sus pasarelas de madera podrida y sus siluetas de grúas oxidadas contra el cielo nocturno, eran un reino de sombras y ecos. La única luz provenía de las farolas distantes del paseo marítimo, creando pozos de claridad amarillenta en la oscuridad, intercalados con extensiones de negrura impenetrable.
Félix Santoro avanzaba por el muelle principal, un solo punto de determinación en la vasta desolación. Su figura, enfundada en un abrigo oscuro, era esculpida por el viento que soplaba desde el río, cargado de olor a sal, algas y óxido. No llevaba armas a la vista. Era la condición. Pero cada uno de sus sentidos estaba alerta, cada músculo preparado para el estallido de violencia que sentía inminente en el aire.
A su espalda, ocultos entre los esqueletos de barcos abandonados, agazapados en las azoteas de almacenes desvencijados, o sumergidos