La noche había engullido la ciudad, y una niebla baja, húmeda y gélida, se aferraba a la superficie del río como un sudario. Los muelles antiguos, con sus pasarelas de madera podrida y sus siluetas de grúas oxidadas contra el cielo nocturno, eran un reino de sombras y ecos. La única luz provenía de las farolas distantes del paseo marítimo, creando pozos de claridad amarillenta en la oscuridad, intercalados con extensiones de negrura impenetrable.
Félix Santoro avanzaba por el muelle principal,