La pantalla negra era un ojo ciego que reflejaba la desesperación en la suite. El silencio era tan denso que el leve temblor de las manos de Clara sonaba como un redoble. Félix permanecía de espaldas, su espalda ancha era un muro de conflicto silencioso. Cada segundo que pasaba era un latido más cerca de una decisión imposible.
—No lo hagas —la voz de Clara era un hilo quebrado, pero cargado de una urgencia feroz—. Es lo que quiere. Es una celda, Félix. Una celda de oro para ti y una sentencia de muerte para Lucas y para mí.
—¿Y qué alternativa tenemos? —La pregunta de Félix no fue un rugido, sino una admisión de derrota que partió el corazón de Clara—. Gael no la encuentra. Es un fantasma. Y ese maldito Discípulo está ahí fuera, esperando. Ella tiene la llave para detenerlo. Tiene a nuestro hijo.
—¡Por eso es una trampa! —Clara se interpuso frente a él, obligándolo a mirarla—. ¡No cumplirá su palabra! ¿No lo ves? ¡Una vez que te tenga, no necesitará a Lucas! Será un estorbo. ¡Lo mata