El aire en la suite de Alba Torres olía a lirios blancos y a ambición contenida. Desde su "incorporación" al Consorcio, su mundo se había reducido a una jaula de oro: oficinas de lujo, guardaespaldas de Félix que la escoltaban con cortesía férrea, y acceso a información financiera que hacía palpitar su corazón de tiburón, sabiendo que no podía usarla libremente. Cada movimiento era observado, cada comunicación, filtrada. Para una mujer acostumbrada a ser el depredador, convertirse en presa vigi