El silencio que siguió a la espectacular jugada del Hombre de Gris era más elocuente que cualquier fanfarria. En el centro de mando, la victoria sobre John y La Serpiente Blanca se sentía como un triunfo hueco, un festín envenenado servido por el mismísimo enemigo que pretendían derrotar. Félix, con los brazos cruzados y la mirada perdida en el mapa táctil donde los iconos de dos de sus mayores amenazas se habían desvanecido, procesaba la amarga verdad: eran marionetas en un teatro cuyo directo