El aire en el gimnasio privado olía a esfuerzo y disciplina. Sudor, cuero y el tenue aroma metálico del hierro forjaban una atmósfera de renacimiento. Marcos, el Halcón, jadeaba apoyado contra las cuerdas del ring, su torso vendado oculto bajo una camiseta empapada. Cada músculo le gritaba, pero en sus ojos ardía la satisfacción feroz de quien reconquista su territorio palmo a palmo. Frente a él, Félix, también sudoroso, pero con la respiración apenas alterada, bajaba los guantes de boxeo.
—Es