El amanecer encontró a Félix ya despierto, sudando frío en su cama. No era la fiebre de la infección, sino el fuego familiar de la impaciencia y la furia contenida. Mientras Clara dormía a su lado, su respiración aún profunda y pacífica, él contemplaba el techo, cada latido de su corazón un recordatorio de su vulnerabilidad reciente. Había estado a un paso de dejar a Clara sola, de que sus hijos crecieran sin un padre, de que su imperio se desmoronara en la anarquía que ahora mismo se cernía so