La paz era una mentira cómoda, un frágil espejismo que Clara había saboreado por apenas setenta y dos horas. Lo supo tan pronto como Gael cruzó el umbral de su oficina, su tableta brillando en la penumbra como la lápida de su breve tregua.
No hacía falta que dijera nada; la rigidez en sus hombros, el ceño levemente fruncido, eran el parte médico de una nueva enfermedad, un diagnóstico mudo de peligro inminente.
“Se están moviendo,” anunció Gael, su voz un hilo de tensión controlada mientras pro