La rutina se instaló en la clínica con la precisión implacable de un mecanismo de relojería bajo asedio. Las siguientes cuarenta y ocho horas transcurrieron en un equilibrio tenso y meticuloso, cada minuto dividido entre la frágil recuperación de sus cuerpos y los preparativos silenciosos para la guerra que se avecinaba. Los gemelos, Lucas y Emma, comenzaban a mostrar las primeras señales alentadoras de una robustez creciente. Sus llantos, antes débiles y quejumbrosos, ganaban volumen y fuerza,