La visita de Valeria había dejado una huella invisible pero profunda en la atmósfera de la mansión, como el rastro de un perfume tóxico que se niega a disiparse. Para Clara, los días que siguieron estuvieron marcados por un silencio más cargado, una vigilancia interior más aguda. Cada sonido lejano de un motor, cada eco de pasos en el pasillo, la ponía en alerta, preguntándose si sería ella otra vez, regresando para reclamar lo que ahora, para horror de Clara, sentía como una posesión suya: la