Las semanas se deslizaron transformándose en un mes, y la farsa de Clara se perfeccionó hasta volverse una segunda naturaleza. Sus mejillas habían recuperado un tenue color, y sus ojos, aunque carentes de su antiguo fuego, ya no reflejaban el vacío desesperado de los primeros días. La hora en el invernadero era su bálsamo y su campo de entrenamiento. Bajo la vigilancia de Rojas, había aprendido los ritmos de los guardias, los ángulos de las cámaras e, incluso, había logrado identificar una pequ