La rutina en la Clínica San Miguel había adquirido una cualidad mecánica, un ritmo de eficiencia fría que ocultaba la tormenta silenciosa en su núcleo. Clara se movía por los pasillos con la precisión de un autómata, su bata blanca ondeando tras ella como un estandarte de normalidad forzada. Dos semanas habían pasado desde su colapso en la enfermería, y en ese tiempo había erigido una fortaleza alrededor de su secreto, ladrillo a ladrillo, con la determinación feroz de quien se sabe acorralada.