La luz del amanecer se filtraba por las persianas de la suite de Clara, iluminando motas de polvo que danzaban en el aire quieto. Despertó con una pesadez que no era residual del sueño, sino una carga nueva, arraigada en lo más profundo de su ser. Las náuseas de la noche anterior habían cedido, pero una fatiga ósea persistía, mezclada con el regusto amargo del desencanto. Se obligó a salir de la cama, ignorando el ligero mareo. La clínica exigía su atención, y demostrarle a Félix—y a sí misma—q