La sopa de azafrán era impecable, un caldo dorado y aromático que habría deleitado mis sentidos en cualquier otra circunstancia. Ahora, cada cucharada sabía a ceniza y a rendición. Tragaba con dificultad, consciente de cada movimiento de mi mandíbula, de cada sorbo, bajo la mirada implacable de Félix Santoro. Él comía con una elegancia pausada que parecía estudiada, cada gesto económico y preciso, como si incluso el acto de alimentarse fuera un cálculo. Sus ojos, esos ojos que me habían taladra