La suite no era una habitación; era un territorio. Un territorio conquistado y amueblado con un lujo que aspiraba a ser tranquilizador pero que sólo conseguía ser agresivo en su perfección. Tras el clic final de la línea al cortarse la llamada de Amanda, el silencio se instaló no como ausencia de ruido, sino como una presencia palpable. Era el silencio de un vacío forzado, de un cordón sanitario alrededor de mi existencia. No será bien recibido. La advertencia de Rojas era una serpiente enrosca