El sonido de la llave girando en la cerradura de mi puerta fue el sonido más terrorífico que había escuchado en mi vida. Era la violación final, la prueba absoluta de que ninguna barrera era suficiente contra Félix Santoro. Él no solo tenía mi número, mi dirección, mi lugar de trabajo. Tenía la llave de mi casa.
El timbre cesó. El silencio que lo siguió fue peor, cargado con la expectativa de esos pasos en el rellano, del giro metálico que anunciaba que mi santuario había sido profanado antes d