La luz del atardecer teñía de naranja los jardines de la clínica cuando Clara salió del quirófano. La cirugía de las manos de Tomás había durado seis horas. Se quitó los guantes ensangrentados con movimientos automáticos, sintiendo el peso del esfuerzo físico, pero también una extraña ligereza. Esta batalla, al menos, había sido ganada sin sombras. Había reconstruido, no destruido.
Al llegar a su despacho, la esperaba una escena que hizo que toda fatiga se desvaneciera bajo un chorro de adrenal