La noticia de la muerte de Velasco resonó en el silencio estéril de la sala de control como el eco de una bala perdida. Clara no lloró. No gritó. Una frialdad glacial se apoderó de ella, solidificando la ansiedad en una determinación afilada. Velasco era un idiota pomposo, pero era su idiota pomposo. Un pedazo del HUSA. Un recordatorio de cuando su mundo era pequeño y sus enemigos solo eran la envidia y la incompetencia.
—¿Cómo? —preguntó, y su voz sonó extrañamente serena.
Kael tecleó en su co