La orden de usar a Darío como carnada había quedado flotando en el aire del despacho, un veneno que Clara y Félix habían decidido administrar juntos. Tras la partida de Gael, Rojas y Marcos, un silencio espeso se instaló en la habitación, roto solo por el tenue zumbido de los sistemas de ventilación. Clara permaneció de pie frente a las ventanas blindadas, observando cómo la última luz del día teñía de púrpura y naranja los cuidados jardines de la clínica. La belleza serena del exterior contras