La alerta máxima se propagó por el sótano como un virus silencioso. No hubo golpes frenéticos ni señales evidentes. La comunicación se redujo al mínimo absoluto, solo los patrones de "todo bien" intercambiados esporádicamente para confirmar que nadie había sido descubierto. El silencio mismo se volvió tenso, expectante. Cada chirrido de una cerradura, cada paso en el pasillo, hacía que Clara contuviera el aliento, esperando que fuera el comienzo del asalto o el preludio de una represión sangrie