El silencio que siguió al cese de los disparos fue más aterrador que el estruendo mismo. En las pantallas, los puntos rojos que representaban a los hombres de Rossi en el acceso de servicio se apagaron uno tras otro, reemplazados por una quietud ominosa. No había señales de los atacantes, ni de bajas enemigas. Era como si una escoba invisible hubiera barrido con la emboscada.
Rossi estaba pálido, sus puños apretados sobre la mesa táctil. La arrogancia se había esfumado, reemplazada por una fría