El nuevo colchón era un lujo paradójico. Su relativa suavidad aliviaba los moretones de Clara, pero también suavizaba los contornos de su determinación. La manta, áspera pero limpia, la abrigaba del frío del suelo, pero no del frío que se había instalado en su corazón desde la operación. Anya tenía razón. Al salvar a la adolescente, Clara había mostrado una grieta en su armadura, y Rossi no era hombre de dejar pasar esas oportunidades.
La comunicación con Anya y los demás se volvió más cautelos