El viaje hacia las profundidades fue un descenso a través de círculos concéntricos de opresión. Los pasillos bien iluminados y revestidos de madera de los niveles superiores dieron paso a corredores de cemento áspero, iluminados por bombillas desnudas que parpadeaban con una luz amarillenta y enfermiza. El aire se volvió pesado, cargado con el olor a humedad, óxido y un débil regusto a desinfectante barato que no lograba enmascarar olores más profundos y menos sanitarios.
Los guardias de Rossi