El séptimo día llegó sin luz. Las luces de la suite no se encendieron con la puntualidad habitual. Clara despertó —si es que el estado de semiinconsciencia en el que había caído podía llamarse sueño— en una penumbra grisácea. Solo un tenue resplandor de emergencia, proveniente de la base de las paredes, le permitía distinguir las siluetas de los muebles. El silencio era absoluto, roto únicamente por el zumbido de baja frecuencia que ahora parecía emanar de sus propios oídos, un eco residual de