El sexto día comenzó con el sonido de la puerta deslizándose a las 5:17 AM, según el reloj digital de la mesilla de noche. Clara, que yacía en la cama en un estado de vigilia extenuada, se incorporó de golpe, el corazón acelerado. No era la hora del desayuno.
Era Liam.
Traía consigo el olor de la noche anterior, a alcohol rancio y tabaco, pero sus movimientos eran precisos, controlados. En sus manos no llevaba comida, sino una jeringa precargada con un líquido ambarino.
—Buenos días, princesa —