El octavo día comenzó con la luz regresando a su intensidad habitual y el zumbido sordo de la climatización restablecida. Clara despertó sintiéndose extrañamente restaurada, como si su cuerpo, aferrándose a la vida con uñas y dientes, hubiera absorbido cada nutriente de la escasa comida y agua del día anterior. La vergüenza por haber cedido seguía allí, un peso bajo el esternón, pero ahora se mezclaba con una lucidez fría y peligrosa. La lección de Liam había calado: podían quebrar su cuerpo. S